sábado, 27 de abril de 2019

LA CLASE, ALGO QUE SE TIENE O NO SE TIENE

Tener clase no depende de la posición social, ni de la educación recibida en un colegio elitista, ni del éxito que se haya alcanzado en la vida. Tener clase es un don enigmático que la naturaleza otorga a ciertas personas sin que en ello intervenga su inteligencia, el dinero ni la edad. Se trata de una seducción natural que emiten algunos individuos a través de su forma de ser y de estar, sin que puedan hacer nada por evitarlo. Este don pegado a la piel es mucho más fascinante que el propio talento. Aunque tener clase no desdeña el atractivo físico como un regalo añadido, su atractivo principal se deriva de la belleza moral, que desde el interior del individuo determina cada uno de sus actos.
Los descubres por su aura estética propia, que se expresa en el modo de mirar, de hablar, de guardar silencio, de caminar, de estar sentados, de sonreír, de permanecer siempre en un discreto segundo plano, alejados siempre de las formas agresivas, como si la educación se la hubiera proporcionado el aire que respiran.
Este país nuestro sufre hoy una avalancha de vulgaridad insoportable. Las cámaras y los micrófonos están al servicio de cualquier mono patán que busque, a como de lugar, sus cinco minutos de gloria, a cambio de avasallar a toda la sociedad. Pero en medio de la chabacanería y el mal gusto reinante también existe gente con clase, ciudadanos resistentes, atrincherados en su propio baluarte, que aspiran a no perder la dignidad.
Con ese toque de distinción, que emana de sus cuerpos, son ellos los que purifican el clima sórdido que impera en la calle y te permiten vivir sin estar totalmente asqueado.

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