lunes, 24 de junio de 2019

La realidad que estamos viviendo

Es preocupante que el esquema del "sálvese quien pueda" haya calado tan profundo en la mente de los gobernantes que administran todas las coyunturas que vivimos sin importarles lo que ocurrirá más adelante. Es exactamente al revés de lo que sucede en la vida familiar, en cada una de nuestras casas. Los padres siempre tratamos de pensar en el futuro de nuestros hijos trascendiendo el tiempo de vida que nos toca acompañarlos.
Los gobernantes, quien lo duda, comprenden muy bien lo que están haciendo, entienden como funciona el poder y las consecuencias que generan sus políticas en el mediano plazo. Saben que el dinero que están gastando hoy, habrá que pagarlo cuando lleguen las facturas, sabiendo que tendrán que cancelarlas otros más adelante.
Conocen también el impacto de sus prácticas inflacionarias. Son conscientes de que los que los sucedan en el poder tendrían que hacer un sacrificio enorme (suponiendo que quisieran hacerlo bien) y serán "los malos de la película" cuando deban reorganizar el desastre.
Son conscientes de las torpezas que han cometido designando funcionarios y empleados a mansalva, incrementando el gasto estatal y comprometiendo a las generaciones venideras a hacerse cargo de un costo descomunal. Esto no sucede involuntariamente. No les cabe la ignorancia como justificación. Lo hacen a conciencia, lo que los convierte en verdaderos miserables.
La clase política, que muchas veces funciona como casta, no dice mucho al respecto porque cada uno de los integrantes de esa actividad, lo ha hecho en el pasado y es posible además que deba terminar recurriendo a mecanismos similares si les toca el turno.
La democracia moderna no ha encontrado aun los resortes institucionales para protegerse de estas despreciables posturas tan frecuentes en la política contemporánea. El Estado es el botín de los que ganan elecciones, esos que saquean las arcas públicas desde que llegan hasta que se van.
Los ciudadanos estamos indefensos ante esta actitud corporativa que no distingue entre partidos, sino que muestra matices de una postura uniforme. Algunos parecen más sensatos y prudentes, otros más irresponsables y sinvergüenzas.
La sociedad debe hacer un gran esfuerzo y despertar. Parece no registrar los hechos. Es probable que nos hayamos resignado pasivamente, y hayamos llegado a asumir que esa inmoralidad es parte esencial de las inalterables reglas de juego.
El endiosamiento a la democracia ha logrado que situaciones como estas sean asumidas como un simple daño colateral, un mal necesario y solo parte del paisaje.

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