La propiedad privada, los espacios pertenecientes a particulares, suelen ser celosamente defendidos y protegidos. La parafernalia que puede ponerse como ejemplo de con qué firmeza y responsabilidad se ejercen esos derechos y esa defensa es amplísima. En cambio quiénes sienten lo público como propio? Quién se siente inclinado a cuidar, por ejemplo, de una plaza, de un parque, de una calle, de una acera, de un monumento? Quién sabe qué debe quedar en el despacho de un funcionario público cuando cesa en su función? Quién controla lo que se lleva y lo que deja? Quién advierte en una oficina pública que no se puede malgastar el papel, hacer fotocopias sin ton ni son o que el teléfono debe usarse como el propio, cuidando de no hablar de más?
Puede objetarse, para tranquilizar la propia conciencia, que para esa función ya están los ayuntamientos (ahora alcaldías), los funcionarios, los reglamentos internos, las leyes… Pero es sabido que el simple cumplimiento no alcanza para hacer prosperar nada. La actual catástrofe social y política que vivimos vuelve a demostrar que la legalidad sin una motivación ética fuerte, puede ser convertida en una gran estafa. El corazón de la política es la cultura, y sin una cultura que sea cultivo y cuidado de lo que es de todos como si fueran bienes propios, es imposible arribar a la genuina Política con mayúsculas que desde siempre anhelamos.
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